lunes, 13 de julio de 2015

IX



Amo las redes sociales, uno se convierte en el que sus palabras describen, solo eso basta. Hoy en particular, soy médico, atlético, soltero y buena persona. Es obvio que nada de eso es así realmente. No tengo trabajo hace unos cinco años, jamás estudié nada, vivo con mi madre y la verdad es que constantemente tengo muchas ganas de tener sexo.
Hace un mes que hablo con esta chica. En las fotos, se ve que es realmente hermosa. Tiene veintiún años, es actriz. Cree cada cosa que le digo, es más, me invitó a su propia casa para que nos conozcamos. Le dije que estaba enamorándome de ella, aunque lo único que desee es someterla a mi semillero de perversiones.
Me encantan las mujeres inocentes, me encanta cogerlas y no volverlas a ver. A las mujeres así hay que tratarlas de esa manera, porque a fin de cuentas, es lo que buscan.
Después de tanto insistirle, me terminó diciendo que hoy me iba a comer la pija, se nota que debe ser bastante puta.
Por fin llegué a la dirección que me dijo, su casa se ve grande, parece que tiene dinero. Estoy seguro que algo de valor voy a poder llevarme, una especie de souvenir de recuerdo.
Producto de la ansiedad, toqué el timbre dos veces.
La puerta se abrió, pero nadie estaba del otro lado. Entré imaginándola con poca ropa del otro lado de la puerta.
Un golpe en la cabeza me hizo desplomarme en el suelo.
Cuando desperté, estaba sentado en una silla, desnudo y aturdido. Mis manos y pies se encontraban atados al pesado mueble.
Todo estaba muy oscuro, pude percibir movimientos al fondo de la habitación. La figura comenzó a acercarse, de a poco pude reconocer un pequeño cuerpo que cada vez se hacía más visible. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, comprobé que era un hombre, el miedo me dejó mudo.
Un pequeño hombre encorvado, tocaba  mis manos con sus dedos huesudos para luego llevárselos a la boca, como saboreándolos. Lo siguiente que hizo, fue tomar mi pene, con esas horribles y frías manos. Lo observó detenidamente y con mucha atención. Me recordó a cuando de pequeño, acompañaba a mi abuela  a hacer las compras en la carnicería del barrio. Ella elegía, después de un largo rato, el mejor corte de carne para el almuerzo.
Se fue de la habitación, a lo que creo que era la cocina. Cuando volvió, traía un cuchillo en su mano.
Al fin entendí todo.