Hace un año que trabajo como
niñera. Cuido a una niña de seis años, su nombre es Sarah. Es una niña muy
inteligente, comenzó a hablar desde muy pequeña. Leyó su primera palabra con
apenas cuatro años, sin estimulo alguno, según me contó su madre.
Es observadora y perceptiva. Todo
aquello que le da curiosidad, simplemente lo investiga y descifra.
El tío de Sarah, decidió
regalarle para su cumpleaños numero seis, un pequeño gato. Debe tener unos tres
meses. El animal es frágil, se lo ve algo desgarbado. Sarah, se encariñó
rápidamente de el. Dos semanas después, comencé a observar ciertos cariños algo
bruscos de parte de ella. Hacerlo gritar, poco a poco, se fue convirtiendo en
la atracción principal de la mascota. Si bien es algo común en los niños, la
frecuencia del “juego” me llamó la atención.
Con el tiempo, dejó de ocultar su
entretenida actividad a mis ojos, lo que me obligaba a ser participe, aunque
sea como testigo.
Lo hacía con tanta seguridad, que
no me atrevía a contradecirla. Mientras apretaba con sus pequeñas manos al
gato, una risa en su boca era reprimida, transformándola en una escalofriante
mueca. Tiempo después, ordenando su habitación, encontré debajo de su cama una
gran cantidad de insectos. Insectos aplastados, en trozos, en frascos cerrados,
bajé nuevamente la frazada, no quise ver mas.
Un día, llegamos a su casa,
corrió a la habitación en busca de su adorada mascota.
Mientras preparaba la merienda,
el silencio de la casa me puso alerta, sobre todo después de escuchar una
especie de gritito ahogado, proveniente de la habitación de Sarah. Cuando
entré, pude ver como estaba estrangulando a su gato, que con sus patitas,
intentaba sin ningún resultado liberarse. Las manos de Sarah, estaban todas
lastimadas por los continuos intentos del pequeño por protegerse.
Cuando me acerqué, le dije que
estaba su merienda y la dejé sobre la mesa. Me miró a los ojos, y me dio al
gato que aún en ese momento respiraba.
-
Ahora te toca a vos -
me dijo.
Tomé al gato con ambas manos, sus
movimientos y respiración eran débiles. Perdiendo todo el control sobre mis
dedos, estos, comenzaron a cerrarse. Al gato, ya no le quedaban fuerzas, se
entregó a la decisión de mis manos en obedecer al pedido de Sarah.
Me avergüenza la satisfacción que
me produjo el miserable acto. El éxtasis que despertó encontrarme con mi propia
sombra frente a un espejo.
Cuando la madre de la niña llegó,
la explicación fue que el gato simplemente se desplomó.
Sarah lloraba en los brazos de su
madre, que le repetía que ya conseguirían otro gato. Yo me sentía miserable,
pero a la vez, descubrí que la sensación
que me atravesaba, era hermosa. Ese día supe que el terrible secreto que me unía
a ella, era solo el comienzo.
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