viernes, 26 de junio de 2015

VIII



Hace un año que trabajo como niñera. Cuido a una niña de seis años, su nombre es Sarah. Es una niña muy inteligente, comenzó a hablar desde muy pequeña. Leyó su primera palabra con apenas cuatro años, sin estimulo alguno, según me contó su madre.
Es observadora y perceptiva. Todo aquello que le da curiosidad, simplemente lo investiga y descifra.
El tío de Sarah, decidió regalarle para su cumpleaños numero seis, un pequeño gato. Debe tener unos tres meses. El animal es frágil, se lo ve algo desgarbado. Sarah, se encariñó rápidamente de el. Dos semanas después, comencé a observar ciertos cariños algo bruscos de parte de ella. Hacerlo gritar, poco a poco, se fue convirtiendo en la atracción principal de la mascota. Si bien es algo común en los niños, la frecuencia del “juego” me llamó la atención.
Con el tiempo, dejó de ocultar su entretenida actividad a mis ojos, lo que me obligaba a ser participe, aunque sea como testigo.
Lo hacía con tanta seguridad, que no me atrevía a contradecirla. Mientras apretaba con sus pequeñas manos al gato, una risa en su boca era reprimida, transformándola en una escalofriante mueca. Tiempo después, ordenando su habitación, encontré debajo de su cama una gran cantidad de insectos. Insectos aplastados, en trozos, en frascos cerrados, bajé nuevamente la frazada, no quise ver mas.
Un día, llegamos a su casa, corrió a la habitación en busca de su adorada mascota.
Mientras preparaba la merienda, el silencio de la casa me puso alerta, sobre todo después de escuchar una especie de gritito ahogado, proveniente de la habitación de Sarah. Cuando entré, pude ver como estaba estrangulando a su gato, que con sus patitas, intentaba sin ningún resultado liberarse. Las manos de Sarah, estaban todas lastimadas por los continuos intentos del pequeño por protegerse.
Cuando me acerqué, le dije que estaba su merienda y la dejé sobre la mesa. Me miró a los ojos, y me dio al gato que aún en ese momento respiraba.
-         Ahora te toca a vos -  me dijo.
Tomé al gato con ambas manos, sus movimientos y respiración eran débiles. Perdiendo todo el control sobre mis dedos, estos, comenzaron a cerrarse. Al gato, ya no le quedaban fuerzas, se entregó a la decisión de mis manos en obedecer al pedido de Sarah.
Me avergüenza la satisfacción que me produjo el miserable acto. El éxtasis que despertó encontrarme con mi propia sombra frente a un espejo.
Cuando la madre de la niña llegó, la explicación fue que el gato simplemente se desplomó.
Sarah lloraba en los brazos de su madre, que le repetía que ya conseguirían otro gato. Yo me sentía miserable, pero a la vez, descubrí  que la sensación que me atravesaba, era hermosa. Ese día supe que el terrible secreto que me unía a ella, era solo el comienzo.

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