IV
Llegó al taller, era la quinta
vez que asistía. El día anterior a la clase, ocupaba mi mente en fantasear con
su pequeño cuerpo rondando cerca del mío. Pensaba, por ejemplo, en las cosas
que haría de él si pudiera.
Recuerdo la sensación que sentí
el día que me confesó en una de nuestras charlas, que era virgen.
Yo deseaba hacerla mía, de ser
necesario, a la fuerza. En mi mente la poseía sobre el escritorio donde teníamos
nuestras clases.
Cualquier imperceptible roce, me
provocaba una erección que trataba de disimular ante ella que se mostraba ajena
e inocente.
Me sentía culpable por imaginar
esas atrocidades en mi mente dignas de un demonio hambriento de sexo.
A pesar de su apariencia tan
tierna, escribía de manera violenta y oscura, eso me excitaba.
Esta tierna hada
devenida en ninfa, provocaba que mi existencia tuviera sentido solo por desearla de esa manera.
En la semana, me había enviado un
nuevo cuento, se llamaba “El señuelo”. El personaje principal, era una joven
que recorría las más peligrosas calles de Buenos Aires en busca de criminales,
que tentados por su frágil aspecto se abalanzaban sobre ella. Una vez que esto
ocurría, el personaje los atacaba con feroces puñaladas que generaban ríos de
sangre, de los que luego bebería cada gota con ayuda de boca y lengua.
Luego de saludarnos, le pregunte
en tono de broma si tenía algo de real el texto que me había enviado, respondió
afirmativamente, y sonrió de manera tímida.
Reí y pregunté nuevamente, ella
respondió ahora en tono más seguro con un
– Claro que si -.
Su risa tímida, mutó rápidamente
a espeluznante.
Quedé paralizado, ella siguió con
el relato. Me contó por ejemplo, que la sensación del metal enterrándose en el
cuerpo de un hombre, la excitaba tanto, que en ocasiones le provocaba
placenteros orgasmos (para ella, eso era mejor que el sexo).
No pude emitir palabra, estaba
frente a un monstruo capaz de destrozarme en su mandíbula.
Creo que notó el terror en mi
mirada, y de un momento a otro, decidió irse.
Al abandonar el taller, pude ver
como una zigzagueante cola, desaparecía entre el umbral y la puerta de entrada
al taller, nunca mas volví a verla.