I
Estaba tirada en el piso. Una
pareja de aves negras con dos cabezas cada una, detenían su vuelo para pararse junto
a mí.
Sus gigantes picos plateados
brillaban entre tanta oscuridad. Comenzaron a acercarse.
Conté treinta picotazos y perdí
la cuenta.
Podía sentir el aire que
exhalaban los orificios nasales de sus picos directo en mi carne.
Una de las cabezas comenzó a
despedazarme la garganta, mientras que otra intentaba quitarle de la boca ese pedazo
de mí.
El enfrentamiento llegó a su fin cuando
(mediante forcejeos), lograron dividir aquel trozo en cuatro iguales.
Pude ver el recorrido completo de
mis partes por su garganta hasta desaparecer a la altura del estomago.
Se acercaron nuevamente para desmembrar
con asco lo que quedaba de mi cuerpo, no pude hacer otra cosa que observar mientras lo hacían.
No entiendo muy bien como llegué
a este lugar, pero estoy completamente segura de merecerlo.
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