Sentada en el umbral,
retengo los grititos que
salen de atrás de mis ojos.
Observo como los globos que
dejé,
se pierden en un río
acelerado de ruletas
en las que solo sale el
diecisiete.
Las vedettes que me hacen de
barrera,
gritan,
desnudas,
tu nombre.
A mi lado,
seres descerebrados bailan un
jazz desprolijo
invitándome a tararear
la música que dibuja el
contorno de tus labios.
Mi deseo muta en lujuria.
Me vuelvo dócil frente una
pila de halagos
salidos de jugueterias chinas
me niego absolutamente
a comprar sin garantía.
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