lunes, 6 de abril de 2015

( IV )



IV

Llegó al taller, era la quinta vez que asistía. El día anterior a la clase, ocupaba mi mente en fantasear con su pequeño cuerpo rondando cerca del mío. Pensaba, por ejemplo, en las cosas que haría de él si pudiera.
Recuerdo la sensación que sentí el día que me confesó en una de nuestras charlas, que era virgen.
Yo deseaba hacerla mía, de ser necesario, a la fuerza. En mi mente la poseía sobre el escritorio donde teníamos nuestras clases.
Cualquier imperceptible roce, me provocaba una erección que trataba de disimular ante ella que se mostraba ajena e inocente.
Me sentía culpable por imaginar esas atrocidades en mi mente dignas de un demonio hambriento de sexo.
A pesar de su apariencia tan tierna, escribía de manera violenta y oscura, eso me excitaba. 
Esta tierna hada devenida en ninfa, provocaba que mi existencia tuviera sentido solo por desearla de esa manera.
En la semana, me había enviado un nuevo cuento, se llamaba “El señuelo”. El personaje principal, era una joven que recorría las más peligrosas calles de Buenos Aires en busca de criminales, que tentados por su frágil aspecto se abalanzaban sobre ella. Una vez que esto ocurría, el personaje los atacaba con feroces puñaladas que generaban ríos de sangre, de los que luego bebería cada gota con ayuda de boca y lengua.
Luego de saludarnos, le pregunte en tono de broma si tenía algo de real el texto que me había enviado, respondió afirmativamente, y sonrió de manera tímida.
Reí y pregunté nuevamente, ella respondió ahora en tono más seguro con un 
Claro que si -.
Su risa tímida, mutó rápidamente a espeluznante.
Quedé paralizado, ella siguió con el relato. Me contó por ejemplo, que la sensación del metal enterrándose en el cuerpo de un hombre, la excitaba tanto, que en ocasiones le provocaba placenteros orgasmos (para ella, eso era mejor que el sexo).
No pude emitir palabra, estaba frente a un monstruo capaz de destrozarme en su mandíbula.
Creo que notó el terror en mi mirada, y de un momento a otro, decidió irse.
Al abandonar el taller, pude ver como una zigzagueante cola, desaparecía entre el umbral y la puerta de entrada al taller, nunca mas volví a verla.

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